La víctima

Camino como mi madre me enseñó. Todo está entrando en mí, como ella me dijo que un día pasaría. El cielo, el canto de los pájaros. La hierba. Es una tarde bellísima. Es como sé que debe ser.

Me dijo que para esto he nacido. Para disfrutar esto. Para ser parte de esto. Voy avanzando a pasos cortos por la hierba. Comiendo los mejores bocados, que se me ofrecen en abundancia. La tierra es mi madre. El aire me acaricia. El sol me ama. Me siento ligera. Como ella me dijo. Solo fue mi madre un tiempo. Ahora conozco a mi madre verdadera. Ha estado siempre aquí, conmigo. Ahora se me muestra.

También me dijo que cada día es nuevo, cada bocado es nuevo, cada dolor es nuevo. Que todo es nuevo porque todo termina. Todo muere para que todo viva. Me dijo que moriría en cada momento de alegría, que nacería en cada momento de dolor. Me dijo que aprendería a vivir así. Que cada día hay mil muertes y nacimientos de mí misma. Que la gran muerte es la puerta del gran nacimiento. Que ella moriría para estar siempre presente. Y que yo también moriría para descubrir la vida. Que la hierba, el sol, la tierra y el agua ya están dentro de mí, y yo podría ver esto viviendo en cada una de estas muertes, las pequeñas y la grande.

Ayer recordé todo esto  mirando la luna llena antes de dormir. No solo recordé los hechos, el afecto, las palabras y la muerte de mi madre. Mis ojos recordaron que son el sol que ilumina el mundo que veo. Ahora vivo todos los momentos de mi vida en este único momento. Ahora camino y acepto en mi boca la hierba, en mi piel el calor, en mi oído el sonido de la brisa y el canto de los pájaros, en mi pecho la sangre que golpea con energía y avanzo sin temor hacia el racimo de frutas azules y brillantes que se me ofrece. Ha venido a traerlo la chica que protege a la vieja tigresa. Sus ojos están llenos de gratitud. Su corazón, como el mío, está en paz.

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